Reseña de “Una ola de sueños”, de Louis Aragon

Louis Aragon, Una ola de sueños, Estudio preliminar, traducción y notas de Ricardo Ibarlucía; Buenos Aires, Editorial Biblos, Colección Pasajes, Programa de Estudios de Filosofía del Arte del centro de Investigaciones Filosóficas Director: Ricardo Ibarlucía, 2004, 113 pp., ISBN 950-786-447-4.

Escrito a comienzos de 1924 y publicado en otoño de ese mismo año como separata del segundo número de Commerce, es decir, meses antes de la aparición del Manifiesto surrealista de André Breton, Una ola de sueños se presenta como el primer intento de narrar la historia del grupo Littérature después de su separación del dadaísmo en 1922, aventurar definiciones de términos como “surrealidad” y “surrealismo” y ubicar en un marco teórico los sueños inducidos, las experimentaciones con el hipnotismo y los narcóticos, etc. que llevaban a cabo los miembros del
movimiento surrealista en París.

En el extenso y ampliamente documentado estudio preliminar, Ibarlucía acopia minuciosa información que coloca el texto de Aragón en el marco del movimiento y sus investigaciones, experimentaciones, vertientes, etc. y se encarga de subrayar y explicitar la relevancia estética de este “otro manifiesto”, como allí lo denomina. Ibarlucía parte del señalamiento de una estética nominalista en Una ola de sueños, en tanto el surrealismo es caracterizado por el propio Aragon como un “nominalismo absoluto” que constituye la mejor prueba de que no hay pensamiento fuera de las palabras: “Surreal no es la palabra ni la cosa que ésta designa sino aquella forma primaria en que los términos se despojan de su función comunicativa y aparecen investidos de un carácter fenoménico” (p. 24). El poeta surrealista se aproxima así al niño, que fija su atención en las palabras y en los objetos hasta que se apoderan de casi todo el campo perceptivo y cobran autonomía. Lo mismo parece suceder con los objetos en el cine. El cine despierta la conciencia de la belleza moderna, ya intuida por Baudelaire, Apollinaire, el cubismo, entre otros, y proporciona, junto con la fotografía y la pintura, técnicas como el montaje, el collage, etc. Los objetos son despertados en una realidad nueva, confirmando la tesis de que el lenguaje es fundamentalmente imagen.

En los sueños se encuentra la fuente capaz de revelar más extensa y profundamente la “surrealidad” y, a su vez, los sueños cobran su verdadero significado a la luz del surrealismo. La escritura automática, los relatos de sueños inducidos del texto de Aragon, las taquigrafías de sueños publicadas por Breton, la creación del “Bureau de récherches surréalistes” dan cuenta de una búsqueda sistemática. Los sueños no son considerados una mera forma de inspiración literaria al modo del romanticismo; el surrealismo es la forma consciente, la práctica metódica de la inspiración, que reconoce y defiende la pureza y la inutilidad del sueño. El surrealismo exige una sistematización de esos procedimientos, que en Breton aparece asociada a la psicología y en Aragon al idealismo trascendental de Schelling y Hegel, ascendientes que Ibarlucía rastrea tanto en Una ola de sueños como en El paisano de París. El surrealismo constituye, según Aragon, la etapa superadora del idealismo alemán, pues equivaldría a un materialismo trascendental. No es psicológico sino trascendental el surrealismo: no se trata sólo de una actividad psíquica sino de un orden surreal, que el espíritu alcanza, a través de la imagen poética, una vez que ha superado el orden de lo real y su opuesto irreal. Y es en ese horizonte donde se funden lo real y lo maravilloso, las religiones y la poesía, el sueño y la actividad política.

Lucas Bidon-Chanal

* Publicada por el programa Bibliographie de la Philosophie, del Institut International de Philosophie (UNESCO).