Reseña de “De la tragedia y otros ensayos sobre el gusto”, de David Hume

David Hume, De la tragedia y otros ensayos sobre el gusto, Prólogo, traducción y notas de Macarena Marey, Buenos Aires, Editorial Biblos, Colección Pasajes, Programa de Estudios de Filosofía del Arte del Centro de Investigaciones Filosóficas, Director: Ricardo Ibarlucía, 2003, 70 pp., ISBN 950-786-352-4.

Este libro reúne tres ensayos de David Hume sobre estética: “De la tragedia”, “De la delicadeza del gusto y la pasión” y “Del criterio del gusto”, el primero y el último publicados en 1757 en Four Dissertations y el segundo incluido en el primer volumen de Essays, Moral and Political en 1741.

En “De la tragedia”, Hume examina el problema que, en torno al placer, suscitan en los espectadores las pasiones desagradables y perturbadoras contenidas en las grandes obras trágicas. A diferencia de quienes atribuyen el placer provocado por la tragedia a la búsqueda de pasiones para salir del estado de indolencia “que surge de la tranquilidad perfecta y el reposo” (p. 30), Hume encuentra que la tragedia hace brotar el placer de la perturbación misma pues, en tanto imitación, suaviza la pasión por la infusión de un nuevo sentimiento, y no meramente debilitando o disminuyendo la tristeza o el dolor.

En “De la delicadeza del gusto y la pasión”, señala que, aunque ambas delicadezas se asemejan, la primera debe ser deseada y cultivada, y la segunda, lamentada y remediada. El cultivo del gusto por las artes liberales perfecciona la sensibilidad en relación con las pasiones agradables y sojuzga las emociones rudas y turbulentas. El cultivo del gusto ayuda a formar un ideal moral cuyas notas esenciales son la calma, la moderación y la razonabilidad, como contrapuestas a la superstición y al fanatismo.

“Del criterio del gusto”, el más extenso de los ensayos incluidos en el libro, aborda la búsqueda de un nuevo criterio para decidir por la belleza o la deformidad de las obras de arte. Frente a los clasicistas, que hacían depender la belleza de reglas indiscutibles de producción, Hume la vincula a la manera en que la obra afecta al público, pero tropieza con la dificultad de encontrar un criterio universal ante la gran variedad de gustos. A diferencia de lo que sucede con las determinaciones del entendimiento, que no todas son correctas, pues refieren a algo que está fuera de sí mismas –los hechos reales–, todo sentimiento es correcto pues no tiene referencia más allá de sí mismo. De este modo, la belleza no constituiría una cualidad objetiva sino subjetiva; por tanto, cada mente percibiría una belleza distinta y discurrir sobre el gusto parecería volverse vano. Pero Hume observa que existe un sentido común que se opone al principio de igualdad de gustos. Puesto que la belleza no depende de una idea universal por encima de los sujetos ni de reglas de composición que puedan fijarse por razonamientos apriorísticos, el fundamento se encuentra en la experiencia. La afirmación de la belleza de una obra no se funda en los caprichos de la moda sino que se corrobora a lo largo del tiempo y en distintas sociedades. Hume confiere a los críticos la tarea de proporcionar “un criterio verdadero de una uniformidad considerable de sentimiento entre los hombres, de la cual podríamos derivar una idea de la belleza” (p. 54); y es su juicio, por tanto, el que dará aprobación a las obras que no han ganado aún la perdurabilidad a través del tiempo y el espacio.

El prólogo de Macarena Marey examina las discusiones estéticas de los siglos XVII y XVIII –desde Shaftesbury hasta Burke, pasando por Addison y el abate Du Bos– vinculadas a estos ensayos y esboza algunos planteos en torno al problema de la crítica en Hume, que desembocará en la base del gran edificio kantiano.

Lucas Bidon-Chanal

* Reseña publicada por el programa Bibliographie de la Philosophie, del Institut International de Philosophie (UNESCO).